¿Vemos la realidad o nuestra interpretación de ella?

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¿Vemos la realidad o nuestra interpretación de ella?

Por Uriel Goldstein

Ilustración editorial del artículo

Hay cosas sobre las que podemos ponernos de acuerdo con bastante facilidad.

Un auto es negro. Una reunión duró dos horas. Una persona llegó a las diez. Son datos que podemos observar, comprobar y utilizar para comunicarnos. Podemos discutir filosóficamente hasta qué punto algo es completamente objetivo, pero para vivir no necesitamos hacerlo todo el tiempo.

El problema empieza después.

La reunión duró dos horas, pero para alguien fue interesante y para otro una pérdida de tiempo. Una persona llegó a las diez, pero alguien puede pensar que llegó tarde y otro que llegó justo a tiempo.

El hecho puede ser el mismo. Lo que hacemos con ese hecho ya es otra cosa.

No miramos desde ningún lugar

Jenófanes, uno de los filósofos presocráticos, observó algo muy interesante. Los pueblos representaban a sus dioses con características parecidas a las propias: los etíopes los imaginaban con sus rasgos, los tracios con los suyos. Y llevó la idea un poco más lejos: si los caballos o los bueyes pudieran dibujar, probablemente representarían a sus dioses con forma de caballo o de buey.

Más allá de la crítica religiosa que estaba haciendo Jenófanes, hay algo de esa idea que sigue resultando provocador.

Incluso cuando intentamos imaginar aquello que nunca vimos, necesitamos hacerlo con materiales que ya tenemos.

No miramos el mundo desde afuera. Lo hacemos desde una historia, un lenguaje, determinadas experiencias, cosas que aprendimos, otras que sufrimos, ideas que alguna vez incorporamos y seguramente muchas que nunca nos detuvimos a revisar.

Eso no significa que inventemos todo lo que sucede. Significa que entre lo que sucede y lo que eso significa para nosotros hay una distancia.

Y en esa distancia aparecemos nosotros.

Cuando nuestra interpretación se convierte en la realidad

Interpretar no es un problema. Difícilmente podríamos vivir sin hacerlo.

El problema puede aparecer cuando dejamos de reconocer que estamos interpretando.

“No me tuvo en cuenta.”

“Esto está mal.”

“Soy malo para esto.”

Ninguna de esas frases tiene necesariamente que ser falsa. Incluso pueden estar muy bien fundamentadas. Pero tampoco son solamente una descripción de algo que ocurrió.

Si intenté hacer algo veinte veces y las veinte me salió mal, tengo información concreta. Cuando a partir de eso digo “soy malo para esto”, hice algo más: construí una interpretación sobre mí a partir de esos resultados.

Puede ser una interpretación razonable. El punto no es negarla. El punto es poder reconocerla como tal.

Porque una interpretación puede parecernos tan evidente que dejamos de verla como nuestra.

El otro puede ver otra cosa

Muchas veces esto se vuelve visible cuando aparece el desacuerdo.

Mientras alguien ve las cosas como nosotros, no necesitamos preguntarnos demasiado desde dónde estamos mirando. Parece simplemente que los dos estamos viendo lo que hay.

Cuando alguien observa la misma situación y llega a una conclusión completamente diferente, aparece el conflicto.

Y ahí tenemos varias posibilidades.

Podemos intentar demostrar que nuestra interpretación es la correcta. Podemos desestimar la del otro. O, si ese vínculo nos importa, podemos intentar comprender algo diferente: cómo llegó esa persona a mirar eso de esa manera.

Comprenderlo no significa darle la razón.

Tampoco significa que todas las opiniones sean igualmente válidas, que todo dé lo mismo o que no podamos considerar una interpretación equivocada.

Una cosa es el derecho de una persona a tener una opinión y otra muy distinta es el contenido de esa opinión.

Lo que puede resultar interesante es ir un poco más atrás.

No quedarnos solamente con qué piensa, sino intentar comprender desde dónde llegó a pensar eso.

Comprender no es justificar

Una persona puede haber vivido experiencias completamente diferentes a las nuestras. Puede haber aprendido otras cosas, construido otros miedos, otras certezas, otras formas de relacionarse con aquello que está ocurriendo.

Nada de eso obliga a justificar lo que hace ni a cambiar nuestra posición.

Podemos comprender perfectamente por qué alguien piensa de determinada manera y seguir estando profundamente en desacuerdo.

Pero algo cambia.

Ya no tenemos solamente dos opiniones enfrentadas. Empezamos a ver las historias, experiencias e interpretaciones desde las cuales esas opiniones fueron construidas.

Y esa misma mirada también puede dirigirse hacia nosotros.

Porque si creemos que alguien más llegó a pensar como piensa por lo que vivió, aprendió e interpretó, sería extraño suponer que nuestras propias ideas aparecieron de una manera completamente diferente.

También nosotros miramos desde algún lugar.

Una realidad que no termina en nosotros

Nuestra interpretación puede ser válida para nosotros y, al mismo tiempo, no agotar todo lo que puede decirse sobre aquello que ocurrió.

Reconocerlo no exige vivir dudando de cada pensamiento ni abandonar nuestras convicciones cada vez que alguien piensa distinto.

Permite algo bastante más sencillo: dejar abierta la posibilidad de que haya algo que nuestra mirada todavía no alcanza.

A veces será la perspectiva del otro la que nos permita verlo. Otras veces comprenderemos mejor su mirada y seguiremos pensando exactamente lo mismo.

Pero incluso en ese caso algo habrá cambiado.

Porque una cosa es sostener una interpretación.

Y otra es creer que nuestra interpretación es la única realidad posible.

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